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Sentido de trascendencia…

El “eterno retorno” fue el poderoso mito que Nietzsche planteo en su libro “Así habló Zaratustra”. La idea de que la vida se repite eternamente, llega a ser casi escalofriante. Hitler por ejemplo, un nombre que ya no atemoriza a nadie, sería una pesadilla bajo este mito. Pensar que aquello que ocurre en la historia, aquello que nos pasa día a día, sea bueno o malo, adquiere un peso insoportable si esto ha de repetirse Ad eternum.

Por otro lado, y parafraseando a Kundera, pensar en una vida con un punto culmine, la muerte; y donde después de ello no ocurra nada más, adquiere una insoportable levedad. Pues si nada hay después, más que la vida misma, entonces ¿que sentido tiene esta? El placer intenso, se transforma en toda su gracia.Y la ética, los principios, la rectitud, el bien, la Verdad, no son más que palabras.

A lo largo de la historia, o al menos desde los egipcios en adelante, siempre ha existido la idea de la eternidad como posible.  La idea de trascender de esta vida a “algo” posterior. El renacimiento para los budistas, la reencarnación para los hinduistas, el cielo o infierno para los cristianos, la misma historia repetida al infinito para Nietzsche, pero sin duda “algo” que invita a la trascendencia. Gracias a esto, en el sentido de Kundera, nuestras vidas adquieren peso y nos invitan a la búsqueda del bien, o la Verdad, o los principios, o Dios.

La modernidad quebranta en parte con el sentido de trascendencia, pues profana todo lo sagrado, cree en la “superioridad absoluta del hombre por sobre los otros seres y se basa única y exclusivamente en el uso de la razón para conocer la verdad” (Roa, 1995). No obstante, preserva algunos rasgos del sentido de trascendencia como el valor de la vida por sobre todas las cosas, o a pesar de qué la razón es lo que permite conocer la verdad, permite la duda de que exista la Fe, de que “quizás sea verdad de que Dios existe”.

Actualmente, estos últimos rasgos que manteníamos como sociedad en cuanto responden al mito de trascendencia, han terminado por desaparecer. La vida ya “no es más sagrada, sino que vale sólo si tiene la capacidad de ser gozada” (Roa, 1995) ; no hay cabida a la duda de que exista la Fe, pues no tiene relevancia en mi vida, y lo que importa es mi capacidad de lograr placer como ser autónomo. Y una vida con un “algo” posterior a la muerte, parece casi un sin sentido, ya que vivimos de cara al ahora y nada más.

Ejemplo de esto hay por montones, como la apatía de las juventudes en general, al desarrollo espiritual de cada uno. Vivir siempre “corriendo”, sin prestar a atención a nuestro alrededor. O el excesivo valor que han adquirido los placeres en las personas, en especial los de carácter hedonista, en donde se ha eliminado toda dimensión espiritual de estos actos.

El sentido de trascendencia, del encuentro con un Ser superior posterior a la muerte, si bien parece abstracto, determina fuertemente nuestra manera de llevar nuestras vidas. Es determinante de actitudes que a veces, en nada parecieran relacionarse con la idea de trascendencia. De ahí que, te invito a la reflexión, a investigar como vivimos a la luz  de la muerte. El siguiente test puede ser un buen comienzo:

http://www.youtube.com/watch?v=Ahg6qcgoay4

A mí parecer, y sin hacer un juicio de valor, pareciera que vivimos más cerca de la levedad de Kundera que el peso de Nietzsche.

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