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La Mujer Chilena en la Política

¿Hace 100 años atrás en nuestro país alguien se hubiera imaginado que una mujer llegaría a ser Presidente de la República?  Probablemente no. El sólo hecho de plantear aquella pregunta hubiera sido una locura y motivo de risa para los políticos de la época. Ojalá la mayoría de esos personajes hubieran vivido hasta nuestros días…no sabían lo que la historia les tenía preparado.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX el papel de la mujer se en la sociedad era limitado. Su objetivo central eran el hogar y la familia. Debía cumplir con sus  deberes de esposa y madre, esforzarse en la educación de sus hijos y en la relación con su esposo. Además,  en las actividades sociales debía mantener una actitud digna y prudente, manteniendo el decoro y las buenas costumbres. En caso contrario eran mal miradas por su entorno. Todas aquellas actividades eran consideradas como naturales de la mujer, por lo tanto, era  lo que le correspondía, lo que “debía” hacer y los límites entre los cuales debía desenvolverse. Esa era la creencia generalizada en la sociedad de la época. Sin embargo, esta realidad comenzó a modificarse gradualmente.

La Revolución Industrial, lo que implicó la integración de la mujer al mundo laboral de manera formal, junto con el nacimiento de movimientos feministas, que buscaban erradicar aquella visión de una hegemonía del hombre por sobre la mujer, por ende, una igualdad en sus derechos, fueron fenómenos que tuvieron como consecuencia la aparición y participación de la mujer en diversos ambientes en los cuales antes era impensado lo hiciera. Un primer antecedente a destacar en nuestro país fue el “decreto Amunátegui”, iniciativa impulsada por don Luis Amunátegui, Ministro de Instrucción Pública de la época,  promulgado el año 1877, que permitió el ingreso de las mujeres a la educación superior ( http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0717-71942006000200005&script=sci_arttext). Debemos tener en cuenta que con este decreto su participación pública en la sociedad, y específicamente en política, siguió siendo  casi nula, sólo el Partido Radical había aceptado algunas mujeres como miembros en 1888. Esto se hizo aún más explicito con la Ley de Elecciones promulgada en el año 1884, que prohibía explícitamente  el voto femenino (http://www.critica.cl/html/pardo_01.html). A pesar de esto, con el transcurso de los años, las mujeres fueron cuestionándose cada vez más “su papel” en la sociedad y comienza a sentir que “debe cultivarse y trabajar activamente en aquellos ámbitos donde observa que su esfuerzo es necesario” (http://www.emol.com/encuestas/bicentenario/index.html#).  Es así como nacen algunas organizaciones de carácter social donde participarían activamente las mujeres entre las que destacan El Patronato Nacional de la Infancia (1901), la Sociedad de Beneficencia de Señoras (1906), la Asociación de Mujeres de Chile de la Cruz Roja (1914) y la Liga de Damas Chilenas (1912).

En la década del 30, gracias al desarrollo industrial del siglo XIX, a la ampliación de las funciones del estado y a la educación pública tuvo como consecuencia el florecimiento de la clase media. Así, ya no sólo la participación en lo público quedaba destinada para las mujeres de la elite, ahora había un nuevo grupo que deseaba participar y no quedar marginada. En la sociedad ya se podía notar claramente la participación de la mujer en la salud pública, la educación, las artes el periodismo y la radio. Como consecuencia lógica de esto, las mujeres ahora deseaban participar de la política, se sentían parte importante de la sociedad y  deseaban influir en las decisiones que afectaran al país.

Algo que fue fundamental en la participación de la mujer en política fue el nacimiento del Movimiento Pro-Emancipación de las mujeres de Chile en 1935. Este, a través de su diario La Mujer Nueva, encabezaría la lucha por la igualdad de los derechos de la mujer. Cuando se leen algunas páginas de este diario se puede apreciar las aspiraciones muy profundas de las mujeres por tener similar trato que los hombres, por ejemplo, en sus condiciones laborales y en su derecho a  votar (http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0023591.pdf). Esta lucha, apoyada por el nacimiento del Partido Femenino de Chile en 1946, se vio consolidada con en el gobierno de don Gabriel González Videla.

En el año 1949 se promulgó la Ley que permitía acceder a las mujeres al sufragio en elecciones nacionales. Esto  se dio gracias al esfuerzo de mujeres como Martina Barros Borgoño y Amanda Labarca. Ellas fueron impulsoras de la participación de la mujer en la política. Así, gracias a sus conocimientos respecto a lo que estaba ocurriendo en Europa y Estados Unidos con respecto a los derechos femeninos,  y a la credibilidad que lograron, hicieron posible que aquellos planteamientos comenzaran a ser considerados como algo razonable por la sociedad. Como hemos analizado en clases para lograr derribar algún tipo de mito racional, en este caso que las mujeres no debían participar en los procesos políticos, se requiere tener algún tipo de posición dentro de un grupo que permita influir en el resto de las personas. Es así como Martina Barros Borgoño publicó, en la Revista Chilena, una traducción al español del libro de John Stuart Mill, “La Esclavitud de la mujer”, que abogaba por la igualdad de géneros, y que incluía un prólogo muy polémico que provocó una grata reacción en los sectores liberales. Por su parte, Amanda Labarca se tituló de profesora y realizó estudios en Estados Unidos donde se empapó de las ideas feministas imperantes en ese país, que establecían la responsabilidad y conciencia que debía tener la mujer de su propia historia. Así, a través de su profesión como académica, y Martina Barros Borgoño, con la aceptación que generaban sus escritos,  comenzaron a difundir sus planteamientos en cuanto a los derechos de la mujer respecto a la realidad de Chile y fueron logrando cada vez más adhesión y aceptación. Reflejo de esto fue que durante el gobierno del Presidente radical, se nombrara a la primera mujer para formar parte de un gabinete de ministros, Adriana Olguín en Justicia, las primeras embajadoras mujeres y la creación de la Oficina de la Mujer. Además, en 1951 Inés Enríquez se transformó en la primera mujer en convertirse en diputada. Ella también participó activamente en la defensa de los derechos de las mujeres en la política a través del Partido Radical y sus clases en la Universidad de Concepción, que le permitieron lograr legitimidad en sus planteamientos. Parece suceder que el mito racional que consideraba a la mujer como alguien inferior al hombre, que no debía participar en política comenzaba a romperse.

Con el transcurrir de los años la mujer fue participando cada vez más en política, llegando finalmente a elegirse en el año 2006 a la primera Presidenta  en la Historia de nuestro país. La señora Michelle Bachelet llegaba al poder y junto con ella el concepto de “gabinete paritario” (http://www.cooperativa.cl/p4_noticias/site/artic/20060131/pags/20060131165202.html). Esto demuestra que el mito racional existente antes se había quebrado y ahora se ha establecido una nueva convención social. Actualmente, sería  impensado, imposible según mi punto de vista, pensar en negarle a  alguna mujer su participación en la sociedad, en lo público. Decirle que mejor se dedique a sus deberes del hogar y la familia. Ya ha quedado establecido en las mentes de nuestra sociedad, gracias a la lucha que dieron las mujeres anteriormente citadas y aquellas que lo hicieron desde el anonimato, que no son un género determinado por la naturaleza a permanecer en un estado de dominación permanente por parte del hombre, que pueden ejercer su influencia en la conformación de la historia, de su propia historia, de participar en aquellos lugares donde creen su presencia será positiva, en fin, de ser protagonistas en la toma de decisiones importantes, de estar donde está el poder, es decir, de participar libremente en política. Aquello es el nuevo mito racional y es lamentable que los políticos de hace 100 años atrás ya no estén presentes para poder apreciar esta enorme transformación en nuestra sociedad.

Para concluir agrego esta foto donde aparece la hermana de mi abuela, Natacha Negroni (De pie,  8va., de der. a izq.) junto a varios de los miembros que participaron en la formación de la Falange Nacional, entre los que destacan Eduardo Frei Montalva (De pie, 7mo., de der. a izq.), Radomiro Tomic (De pie, 9no., de der. a izq.) y Bernardo Leighton (De pie, 6to., de der. a izq.). Que ella aparezca en esta foto es una demostración de que el esfuerzo realizado antes por algunas mujeres rindió sus frutos y que ahora ha quedado establecido que las mujeres son parte fundamental de la política. Fue esto lo que me motivó a escribir sobre la mujer y su participación en política.

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