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El mito doble de la Meritocracia

El término “meritocracia” fué acuñado por primera vez en el año 1958 por el político y sociólogo Michael Young en su satírico libro The Rise of Meritocracy. El término fué utilizado para referirse de manera despectiva a un sistema de gobierno distópico en donde las posiciones sociales estaban determinadas por el CI de los individuos. Sin embargo, a pesar de que en un principio el concepto tenía una connotación negativa, en la actualidad el sistema meritocrático es considerado un sistema relativamente justo (en términos de “darle a cada quien lo que le es propio”, “propio” aquí considerado como lo que se “merece”; hablaremos del concepto de “mérito” más adelante)  en comparación a otros sistemas como la plutocracia, en donde las posiciones sociales están determinadas por la posesión de riqueza; la gerontocracia, en donde éstas se determinan por la edad; el nepotismo, por las conexiones familiares, o finalmente la misma democracia en que, dicho en terminos simplistas, las posiciones dependen de la popularidad.

Si bien la idea de una sociedad en donde las personas, a través de su esfuerzo y trabajo, puedan acceder a una mobilidad social y no estar determinadas a nacer y morir en el mismo lugar por razones como las arriba citadas sea anterior a la cuña de Young de 1958, ésta no deja de ser una idea moderna. Podríamos situarla de manera tentativa entre la Revolución Francesa y la Revolución Indutrial, contextos en los que los pilares socio-políticos, económicos y culturales de la era anterior venían de ser demolidos y donde a los individuos se les atribuían nuevos derechos, derechos nunca antes imaginados por ellos mismos. Y es en ese sentido en que la idea de “meritocracia” se presenta como un mito racional propio de la era moderna: excluídos los pocos casos en los que se idearon sistemas gobernados por los “mejores”, como en la República ideal de Platón, o el Imperio Mongol en el que Genghis Khan escogía a los más talentosos para integrar altos cargos militares, el sistema meritocrático es propio de nuestros tiempos. Hoy en día la mayoría de los países occidentales integran esta idea que, al parecer no puede no ir de la mano de la democracia ya que, aun que paradojal en términos conceptuales, un sistema en donde hay más meritocracia es un sistema más “democrático”.

Para nosotros es ya inconcebible un sistema de castas, o de segregación racial, o aristocrático. Hemos olvidado que la idea de mérito entendido como impulso para subir en los escalafones de la sociedad no es más que un constructo social, que esa modelo de sociedad no es espontáneo ni natural sino articial, y que hace 200 años y por más de 2000 años nuestra posición en la sociedad efectivamente NO dependía de nosotros.

Hoy creemos que si. Creemos. Y por eso la meritocracia puede considerarse como un mito doble: primero como mito racional en términos sociológios, es decir como constructo social que damos por hecho y que hemos olvidado que nosotros mismos lo hemos creado; y segundo, como mito en el sentido en que suponemos que así funciona (o debería funcionar) la sociedad, cuando en la práctica vemos día a día que eso no se cumple. Creer que la meritocracia es un hecho social es creer en el Rational Choice ciegamente haciendo caso omiso a una serie de factores que influyen, directa o indirectamente, en nuestro lugar en la sociedad (solo por citar uno, las redes sociales). Visto desde la perspectiva económica y bajo el modelo racional, nuestro mérito M podría considerarse como una variable endógena dada dentro de mi función “Salario”, o “Posibilidades de encontrar trabajo”, o “Puntaje PSU”, que entre otras cosas seguramente dependería de mi educación, mi experiencia, etc. Ahora bien, lo cierto es que en la gran mayoría de los casos ese M no influye en nuestro modelo (ver artículo revista Qué Pasa).

El problema de la meritocracia, y fuente principal  que da lugar a sospechas y críticas, radica entonces en la definición del concepto de “mérito” por una parte, y en la significancia efectiva que éste tiene a la hora de determinar las oportunidades y posiciones sociales de los individuos. El economista y premio Nobel Amartya Sen centra su crítica a la meritocracia en el primer aspecto bajo la perspectiva de su medición, mientras que el sentido común nos habla del segundo: supongamos que definimos el mérito como una combinación de talento y esfuerzo (combinación que pareciera ser razonable considerando que el talento es una aptitud innata que no depende de la voluntad del individuo sino ya sea de sus genes, de Dios -en ese caso, un don-, de el azar, etc, y que el esfuerzo sí depende de su voluntad). Si el individuo es efectivamente talentoso y esforzado el sistema debiera retribuirlo otorgandole lo que “merece”. Sin embargo, ¿cuántas veces vemos escritores talentosos que no logran publicar sus libros, estudiantes muy inteligentes que no logran obtener buenas calificaciones en el colegio, o llendo a un ejemplo más burdo, una persona atractiva que nunca fué invitada a una sesión de fotos? (Fuente)

Finalmente, la meritocracia si bien es innegable en términos éticos y valóricos, es muy criticable en la práctica. Es un mito de doble filo.

A continuación dejo unos links de interés para dejar el debate abierto.

http://www.phdcomics.com/comics.php?f=1292

http://www.youtube.com/watch?v=J012eulsYYs

http://www.youtube.com/watch?v=hIK8cS2BDwk

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